"Ni los calambres me detuvieron"

 

Tras luchar dos años contra los efectos físicos y emocionales de un cáncer de tiroides, Cristina Martínez está de pie, sin la enfermedad y decidida a compartir con quienes padecen y luchan contra este mal. A sus 22 años, se unió al voluntariado de la Fundación Cecilia Rivadeneira y participó en la colecta realizada en las calles del país el pasado 22 de abril. Aquí su valerosa historia.

Quería recolectar ocho cepos, pero logró que se llenaran cuatro. Nunca antes en su corta vida (tiene 22 años) se le hubiese ocurrido pararse en una esquina, acercarse a los autos y pedir a las personas una moneda. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza tal "descabellada idea". Cristina había nacido y crecido al calor de todas las comodidades económicas. También era muy introvertida. Pero el 22 de abril esquivó estas barreras mentales y emocionales, se puso el chaleco naranja del voluntariado de la Fundación Cecilia Rivadeneira y se paró, desde las 06:50 hasta las 17:45, en la esquina de la avenida Brasil y Carvajal, en Quito, para ser una más de los aproximadamente 3.000 voluntarios que salieron a las calles de todo el país para participar en la jornada de  colecta "Todo empieza contigo", que buscaba captar fondos para seguir sosteniendo todo el trabajo de la Fundación a beneficio de los niños y niñas con cáncer en el país.

Pero pararse allí fue, por así decirlo, el menor de los retos. En mayo del 2015, su mundo se vino abajo; hasta entonces era feliz estudiando Economía en la Universidad San Francisco, tenía muchos amigos, amaba hacer deporte y tenía previsto viajar, en agosto, a Boston a un intercambio estudiantil. ¿Qué podía fallar? Le detectaron unos nódulos al nivel de la tiroides y, en cuestión de días, fue diagnosticada con cáncer. Desde los 12 años había tomado pastillas frecuentemente para regular el funcionamiento de esta glándula. Y un breve descuido, al dejar de ir a sus chequeos médicos por un año, derivó en el "cruel" resultado. Aunque su primera reacción fue de rabia por la injusticia de tener cáncer, se propuso luchar por cumplir con su sueño de viajar a la ciudad estadounidense. En cuestión de días vivió un infierno: fue hospitalizada y operada, perdió la voz temporalmente, le realizaron radioterapia (tenía que beber `shots` de yodo), empezaron los calambres y no podía dormir con el amor de su vida, su perrito schnauzer llamado Abby. En la parte emocional, a inicios de este año se deprimió cuando asumió todo lo sucedido y contados amigos la siguieron tratando con normalidad. Su sostén continuó siendo su familia.

Con autorización médica y aún débil, se embarcó. Dejó en el país el cáncer y vivió un año de ensueño en Boston, como anhelaba. Recuerda con especial cariño al grupo de fitness November Project que le inyectó altas dosis de optimismo para seguir adelante. Sin embargo, su regreso al Ecuador la deprimió, el fantasma del recuerdo del cáncer la volvió a acompañar y eso la atormentaba. Regresó un par de veces a Boston, buscando una capa protectora. Pero en cada retorno la tristeza se hacía más profunda. Así que aceptó ir a un psiquiatra, primero, y tras ese intento fallido, hace tres meses, asiste periódicamente a sesiones de psicoterapia. Eso le devolvió la alegría y las ganas de vincularse con alguna organización de ayuda a personas con cáncer. Un amigo le dio el contacto de la Fundación Cecilia Rivadeneira y hoy es una nueva voluntaria.

Con su dulce sonrisa y con la fluidez de las palabras que brotan cuando se sabe que se hace algo para mejorar el mundo, a Cristina no le importó el día de la colecta ni el clima, ni el cansancio, ni el hambre, ni la nula respuesta de los jóvenes cercanos a ella a participar en su brigada, ni las pocas malas caras que recibió de los posibles donantes, ni los calambres en sus piernas que eventualmente se mantienen… Solo tenía ilusión y un profundo agradecimiento a la vida por tener la oportunidad de seguir viviendo sin la enfermedad y de querer llenar ocho cepos. Y, pese a que logró repletar "sólo" cuatro, como ella dice, asegura que para el próximo año podría hacerlo mejor. ¡Ya tiene un plan!